La vanidad de Zimmermann

Cre√≠a en una sociedad secreta ampliamente ramificada de Iluminadores e Iluminati que hab√≠an conspirado para derrocar la religi√≥n y el estado. El hecho de que Z. se haya elevado tanto fue perdonado a rega√Īadientes; que haya proclamado tan ingenuamente sus m√©ritos personales y que su valor para el mundo pueda ser perdonado a√ļn menos; pero que haya atacado tan s√ļbita y violentamente a los fil√≥sofos de la Ilustraci√≥n de Berl√≠n, que hasta ahora lo hab√≠an considerado su aliado, fue por supuesto imperdonable a los ojos de los interesados.

La teología racionalista

No se podía entender que en su convicción religiosa detestara la Ilustración deísta, en la que veía la fuente de toda irreligiosidad e inmoralidad, tanto como detestaba al clero. Para ello, su excesiva forma de ataque ofrecía demasiados ataques flagrantes que los oponentes podían utilizar. Ahora la tormenta estalló contra el libro.

Gedike y Biester defendieron a Berlín y la Ilustración, Schulz de Gilsdorf, J. Ch. Schmid y Trapp también lucharon por la Ilustración y especialmente por la teología racionalista, mientras que Hippel y Knigge vertieron sobre la vanidad de Zimmermann una lejía de la más mordaz burla. Incluso se distribuyó una caricatura de la vanidad de Zimmermann.

Mientras la disputa estaba en pleno apogeo, Z. escribi√≥ su ¬ęDefensa de Federico el Grande contra el Conde de Mirabeau¬Ľ. Se aferr√≥ a sus acusaciones contra los fil√≥sofos de la Ilustraci√≥n y afirm√≥ que estaban de acuerdo con Mirabeau, que hab√≠a mentido tanto sobre Friedrich II. Mientras que el oficial de Braunschweig Mauvillon, admirador de Mirabeau, y Gedike y Biester respond√≠an a este segundo escrito en nombre de los berlineses, Z. se envi√≥ a una huelga principal, con la que esperaba aplastar a todos sus oponentes.

La Aristócrata en la época de Brugger

As√≠ aparecieron los ¬ęFragmentos sobre Federico el Grande¬Ľ (1790). Z. ya se hab√≠a convertido en arist√≥crata en la √©poca de Brugger de un dem√≥crata y m√°s tarde en Hannover de un mon√°rquico convencido. Detestaba la Revoluci√≥n Francesa, que hab√≠a comenzado mientras tanto, y al mismo tiempo ve√≠a en ella un fruto de la Ilustraci√≥n, contra el que el hombre de 62 a√Īos luchaba ahora con todas sus fuerzas. Nuevos ataques fueron el resultado.

Adem√°s de los mencionados anteriormente y algunas personas an√≥nimas, Nicolai y Blankenburg disputaron el relato hist√≥rico de Zimmermann. Pero el notorio Dr. Bahrdt atac√≥ a Z. de la manera m√°s grosera, despreci√°ndolo personalmente. Entonces Kotzebue entr√≥ en el sitio de Zimmermann y escribi√≥ el horrible panfleto ¬ęEl Dr. Bahrdt con la frente de hierro¬Ľ bajo el nombre de Knigge, en el que se insultaba a todos los oponentes de Zimmermann de la forma m√°s sucia, para indignaci√≥n de toda Alemania y para mayor perjuicio de Zimmermann.

Los revolucionarios

As√≠ Z. vio el precio y el objetivo de toda su vida, la fama, desvanecerse, vio todo lo que Werth ten√≠a para √©l cuestionado por la Revoluci√≥n Francesa, y vio incluso su honor personal atacado por el cuestionamiento de su juramento de que no hab√≠a escrito ¬ęDr. Bahrdt¬Ľ. Cuando Kotzebue finalmente admiti√≥ su trabajo, era demasiado tarde para Z.

Incluso con sus buenos amigos como De Luc y Heyne se lanz√≥ a su excesiva irritabilidad y encontr√≥ un confederado s√≥lo en el vergonzoso L. A. Hofmann. El aplauso que el emperador Leopoldo II dio a un memor√°ndum de Zimmermann sobre la lucha contra los revolucionarios e iluminadores fue la √ļltima felicidad de su vida para Z.

Un largo y agotador proceso con Knigge

Pero el Emperador muri√≥. Con su √ļltima fuerza Z. se volvi√≥ contra los ¬ęIluminati, agitadores del pueblo y dem√≥cratas¬Ľ, es decir, contra Knigge en la revista vienesa de Hofmann. Sobre esto se involucr√≥ en un largo y agotador proceso con Knigge, que consumi√≥ completamente su fuerza.

As√≠ fue, como √©l mismo reconoci√≥, borracho en cuerpo y alma, cay√≥ en una completa oscuridad y en un desorden mental y muri√≥ el 7 de octubre de 1795 – Z. fue un gran hombre bien construido con ojos ingeniosos, un excelente m√©dico, un ingenioso compa√Īero y un brillante escritor. Su desgracia fue una disposici√≥n patol√≥gica, como muestra su final. Las √ļltimas palabras del autor de Soledad fueron: ¬ę¬°D√©jame en paz, me estoy muriendo!¬Ľ

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